16 de marzo: La memoria de las 11 de Basauri frente a la justicia patriarcal
- rapiegasradfem

- hace 3 días
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Bien sabemos que hay fechas en la historia, escrita en su mayoría por hombres, que no figuran en los calendarios y que estos mismos hombres prefieren que pasemos por alto. Sucede así con el 16 de marzo de 1982. Día en que se llevó a juicio a las 11 de Basauri, diez mujeres y un hombre señalados por la justicia por haber abortado, ayudado a hacerlo o simplemente por haberse planteado no seguir adelante con un embarazo.
Quizá no conozcas esta historia, porque el sistema se ha encargado de cubrirla, banalizarla u omitirla, como bien sabe hacer con todo aquello que no le conviene que sea escuchado, no vaya a ser que nos dé fuerzas. Pero hoy en el blog de Rapiegas te la contamos, porque este día debería marcar nuestro calendario como el Día de los Derechos Sexuales y Reproductivos. Este es el relato de cómo unas mujeres de clase obrera pusieron el cuerpo para que hoy tú y yo seamos más libres, y de cómo la justicia intentó acallarlas para darnos una lección a todas.

Para que no quede duda de la magnitud del tiempo que les robaron a estas mujeres, es fundamental marcar el inicio de esta historia en el año 1976. Apenas un año después de la muerte del dictador, cuando quizá las mujeres pudieron empezar a soñar con oler apenas la libertad, la maquinaria represiva se puso en marcha contra ellas, demostrando que para nosotras no había amnistía posible.
En un país que presume de una "transición" modélica y pacífica, la historia de las 11 de Basauri es el recordatorio de que los derechos de las mujeres nunca fueron un regalo de la democracia, sino una conquista: una conquista precedida por una lucha que el Estado intentó frenar con todas sus fuerzas. Es nuestro deber recordar a estas mujeres y su lucha, la cual debería aparecer en los libros de historia porque demuestra cómo, una vez más, nuestros derechos nunca se han contemplado como derechos humanos de primer orden. Una vez más, bajo la eterna excusa de “no es el momento” o de que “ahora no toca”, nos vendieron que primero van los derechos sociales, los laborales o la estructura del Estado, relegando lo que sucede con la mitad de la población, con nosotras, con nuestros cuerpos, a un segundo orden; como si nuestras demandas fuesen cuestiones secundarias que siempre pueden esperar.
El origen: La persecución de unas para aleccionar a todas
Esta historia que, por supuesto, no te contaron en el instituto, empieza con una traición y termina con un silencio de cuarenta años. A finales de los años 70, mientras se hablaba de nuevos tiempos y tiempos de libertad, la policía de paisano asaltaba la intimidad de los hogares de Basauri. El 9 de octubre de 1976, diez mujeres y un hombre fueron sacados de sus casas y llevados a la comisaría bajo el engaño de "una declaración rutinaria". Pero no era rutinaria; era una persecución, una cacería perfectamente orquestada tras la detención de una vecina que realizaba abortos en el barrio.

Hay que señalar que estas once personas no tenían apellidos compuestos, no poseían cuentas en el extranjero ni segundas residencias, pertenecían a la clase obrera de Basauri, el cinturón industrial de Bizkaia, un núcleo de cemento y ladrillo que creció desordenado para dar alojamiento a los miles de obreros que alimentaban a las grandes fábricas como Firestone, Sidenor o La Basconia. En los años 70, la vida de estas mujeres estaba marcada por, o bien una doble jornada, o bien por una reclusión doméstica forzada. Muchas de ellas eran amas de casa, gestoras de la escasez, que hacían magia para que las criaturas comieran mientras sus maridos doblaban turnos en la fundición. Otras, las que trabajaban fuera, se dejaban la salud en las cadenas de montaje de las fábricas de la zona, para luego volver a casa y empezar el segundo turno: de cuidadora, de limpiadora o de cocinera, entre otros. Mientras las mujeres de la burguesía, apartadas de estas calles, cogían un avión a Londres para abortar en clínicas seguras, nuestras mujeres de Basauri tenían que jugarse la vida y la libertad en pisos clandestinos, utilizando remedios desesperados porque el sistema les negaba incluso los anticonceptivos.
El proceso: Una década de castigo, resistencia y motor de lucha
Tras su detención, lo que debía ser un mero trámite, “una declaración rutinaria”, se convirtió en un calvario judicial de diez años por el "delito" de querer tomar decisiones sobre su propio cuerpo y negarse a dar continuidad, generación tras generación, a la miseria que el sistema les imponía. El ensañamiento con estas mujeres no fue casual: se perseguía un castigo total y se buscó dar una lección a todo el mundo. Se sentó en el banquillo a unas mujeres por haber interrumpido su embarazo, a otra vecina por haberlas ayudado y acompañado en la clandestinidad, e incluso a un hombre por haber apoyado a su pareja en esa decisión (lo que por los jueces fue llamado “inducirla al aborto”). No buscaban solo condenar un hecho, buscaban acabar con el apoyo entre ellas, entre iguales, y dejar claro que cualquier gesto de autonomía, propio o compartido, sería perseguido por la ley.
Pero el caso más sangrante fue el de una mujer a la que pedían cárcel simplemente por habérselo planteado. En su caso, la joven, tras verse sola ante un embarazo, buscó ayuda, pero finalmente decidió seguir adelante y tener a su hijo. Su historia es el claro ejemplo de que la justicia no buscaba "proteger la vida", pues el niño ya gateaba cuando su madre seguía sentada en el banquillo; buscaba adiestrar a las mujeres, castigar sus intentos de tomar decisiones y pensar con libertad. Buscaba reprimirlas y lograr que regresasen al hogar: encerradas y silenciadas.
Como no podía ser de otro modo, durante esos diez años, mientras el país celebraba elecciones y firmaba constituciones, ellas sufrían el escarmiento público y el juicio del vecindario. En la cola de la compra, en la calle o en su propio portal, el estigma que las acompañó pudo llegar a tener más peso en sus vidas que la propia condena. El sistema, con la complicidad de la sociedad de la época, tenía un objetivo y un mensaje claro para ellas: vuestro cuerpo no os pertenece.

Sin embargo, durante aquellos tortuosos diez años, ocurrió algo con lo que el sistema no contaba: no pudieron aislarlas. Y no solo no pudo contener su historia, sino que esta dio impulso a que en las calles se gestase una auténtica revolución de sororidad. Miles de mujeres se sintieron parte, se sintieron identificadas y entendieron que el juicio de Basauri era el juicio a todas. Se organizaron manifestaciones masivas que hicieron temblar las calles de Bilbao; las mujeres se encadenaban a los juzgados y gritaban por ellas. Fue además el momento de las famosas "autoinculpaciones": miles de mujeres, desde las más anónimas hasta las más famosas, empezaron a firmar documentos reconociendo: "Yo también he abortado".
A nivel mediático, el tabú del aborto se hizo añicos cuando la revista Cambio 16 publicó en portada a varias mujeres relevantes de la cultura y la sociedad de la época reconociendo abiertamente que ellas también habían pasado por lo mismo. Fue un golpe de realidad que sacudió a la sociedad al completo: las mujeres de Basauri ya no estaban solas y su entrada en prisión debería pelearse. Aquella presión social contribuyó a que estas mujeres no terminasen encerradas en una celda y lanzó un mensaje público a la sociedad y a la clase política: que la ley no podía ir por un lado y la vida por otro.
La sentencia: una victoria que se escurrió entre los dedos y el silencio hasta nuestros días
El 16 de marzo de 1982 llegó la sentencia. Tras doce horas de juicio extenuante y con las calles de Bilbao tomadas por miles de mujeres que no las dejaron solas, la Audiencia Provincial de Bilbao dictó una sentencia histórica: Absolución.
Por primera vez, el tribunal aplicó el "estado de necesidad", reconociendo que la precariedad material de estas familias hacía que el aborto no fuera un capricho, sino la única salida posible. Las actas judiciales de aquel día son un retrato crudo de la realidad de estas mujeres:
«...de profesión labores de casa, con instrucción equivalente a enseñanza primaria... ante el temor de que fuera un embarazo... que se le representaba en su ánimo como la peor de las desgracias que podría ocurrirle ante la apuradísima situación económica en que se encontraba la familia, se sometió a manipulaciones por su convecina.»

Reconocieron que aquellas mujeres no habían abortado por capricho, sino porque su realidad material —la falta de dinero, el desempleo de sus maridos, la ausencia de anticonceptivos y la carga de hijos que ya tenían— las había empujado a un callejón sin salida. Parecía que, por primera vez, la justicia miraba de frente a estas mujeres y sus circunstancias, comprendiendo el porqué de sus decisiones y legitimándolas.
Pero la alegría duró muy poco. El fiscal, representando la mano más dura del Estado, no aceptó que la pobreza fuera una excusa para "saltarse la ley" y recurrió la sentencia ante el Tribunal Supremo. En mayo de 1985, el Supremo dictó su veredicto y la ilusión de una nueva época se apagó: anularon la absolución de Bilbao. El Supremo sentenció que la "apuradísima situación económica" no era motivo suficiente para quedar libre de culpa. La justicia les dio la espalda definitivamente, condenándolas legalmente y ratificando que sus vidas y sus penurias no importaban.
Sin embargo, no entraron en la cárcel por dos motivos fundamentales: primero, los Indultos de la Transición, indultos generales que se habían concedido en 1975 (tras la muerte de Franco) y en 1977. Como sus "delitos" (los abortos) habían ocurrido en 1976, entraban dentro de los plazos técnicos para que la pena de prisión quedara suspendida. Segundo, por la Presión Feminista; meter en prisión a todas estas mujeres obreras, recién aprobada la Ley del Aborto, sería un suicidio político. Las manifestaciones, las autoinculpaciones de famosas y el apoyo internacional crearon un escudo humano que el Gobierno no se atrevió a romper.
Has leído bien, recién aprobada la Ley del Aborto, y es que esta historia todavía da un giro más cruel. Solo un mes después de que el Supremo las condenara, en julio de 1985, se aprobó en España la primera ley que despenalizaba el aborto. Aunque solo fue una ley de mínimos, redactada con miedo y bajo la presión de los sectores más reaccionarios. Esta nueva ley solo permitía abortar en tres supuestos muy específicos: violación, malformación del feto y riesgo grave para la salud (física o psíquica) de la madre.
¿Por qué las 11 de Basauri no pudieron acogerse a esta ley? Primero, porque la ley no tiene carácter retroactivo, su caso ya había sido juzgado. Pero, sobre todo, porque el motivo por el cual ellas habían abortado (falta de recursos económicos y precariedad social) no se contemplaba en la nueva ley. El Estado legalizó el aborto para casos extremos, pero siguió criminalizando a la mujer pobre que simplemente no quería o no podía mantener a un hijo más. Aquellas que pusieron el cuerpo y sufrieron durante diez años juicios en las calles y en los juzgados para abrir el camino, se quedaron fuera de la propia ley que habían ayudado a crear.
Tras este jarro de agua fría y el trauma de una década de persecución, estas mujeres hicieron lo único que les procuraría alivio: desaparecer. Se refugiaron en el anonimato. Durante 40 años, el silencio las ha protegido de la vergüenza impuesta, ya que hoy en día muchas de ellas siguen cargando con el estigma de haber abortado en secreto. Por eso, hoy es tan difícil encontrar sus testimonios; la mayoría no han querido volver a hablar, no han querido participar en documentales ni poner su voz en actos públicos.

Hoy, en el centro de Basauri, existe una pequeña placa conmemorativa que recuerda su lucha. Irónicamente, algunas de estas mujeres desconocen la existencia de esta placa. Por supuesto, gran parte de la población de Basauri desconoce el porqué de esta. Es irónico y doloroso.
Hoy recuperamos su historia porque el 16 de marzo debe ser el recordatorio de que los derechos de las mujeres no solo no se regalan, sino que ni siquiera se reconocen. Estos derechos se ganan dando batalla.
Una vez pasado el "subidón" mediático del 8 de marzo, cuando las instituciones se visten de violeta y las grandes empresas lanzan sus campañas de marketing, debemos recordar que nuestra libertad no está blindada. Históricamente, los derechos de las mujeres no se han ubicado entre los derechos humanos de primer orden; somos la mitad de la población y, sin embargo, nuestra autonomía sigue siendo tratada como una cuestión secundaria o un "lujo" negociable.

Como bien nos advirtió Simone de Beauvoir: "No olvidéis jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados. Estos derechos nunca se dan por adquiridos, debéis permanecer vigilantes toda vuestra vida".
En épocas de crisis, lo primero de la lista que podrá ser sacrificado será nuestra soberanía y el poder sobre nuestros cuerpos. Con este artículo no solo queremos hacer un homenaje al pasado, queremos dar la voz de alarma: si no defendemos hoy lo que ellas conquistaron, el sistema no dudará en volver a encerrarnos y condenarnos al silencio.
Fuente: Toda esta información y los testimonios que han permitido reconstruir esta historia han sido extraídos del podcast "De eso no se habla", de la periodista Isabel Cadenas Cañón. En concreto, del Episodio 3: "Una placa en mi pueblo", un documento sonoro imprescindible que, junto con muchos otros, puedes encontrar en su página web deesonosehabla.com o en cualquier plataforma de podcast.





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